martes, 13 de diciembre de 2011

La chicha de las cuentas de Su Majestad.


El pasado 22 de noviembre Juan Carlos de Borbón cumplió 36 años como Jefe del Estado. Dentro de un año se convertiría en el Jefe del Estado más duradero del último siglo (y de varios). En todos estos años ha estado recibiendo una asignación pública de la que nunca ha dado ninguna explicación. La opacidad de las rentas de la Casa del Rey sólo es comparable a otras dos: el dinero que recibe la Iglesia católica del Estado y el fondo de rescate bancario. Incluso los fondos reservados se explican (supongo que en parte) en una comisión parlamentaria dedicada a los secretos de Estado.
Hace unos días, ante la recogida de firmas por la transparencia de las cuentas de la Casa del Rey iniciada por IU, las escasas críticas siempre eran la misma: ‘Y la transparencia de las cuentas de partidos y sindicatos, ¿qué?‘. Evidentemente los partidos y los sindicatos tienen que depositar sus cuentas en el Tribunal de Cuentas, están expuestos a inspecciones fiscales y, en general, tienen que explicar qué hacen con sus dineros. Es algo que todo el mundo sabe (o supone aunque sea informalmente; como probablemente mucha gente no sepa ni imagine que la Casa del Rey lleva 36 años sin explicar a absolutamente nadie qué hace con uno solo de los euros públicos que maneja), pero en las personas que hacen ese comentario lo que hay es una cierta conciencia de que la transparencia no es simplemente cubrir unos trámites burocráticos que den cuenta del destino dado al dinero público recibido, que eso es lo inevitable. De hecho, las instituciones como el Congreso de los Diputados (al que demasiado poco a poco van imitando otras) van haciendo públicos todos los datos patrimoniales de cada uno de sus miembros porque más allá de cuánto le pagamos, resulta imprescindible saber si alguien le paga otras cosas (lo que nos haría pensar que han hecho algo para que se lo paguen, en muchos casos legítimo pero no en todos), qué intereses patrimoniales puedan tener que contaminen su acción pública, etc.
Que la Casa del Rey publique (no en el Congreso, sino en su web) el desglose presupuestario de la asignación pública es simplemente salir de la más insólita obscenidad que puede desplegar un cargo público sin ningún control democrático mínimo. Pero ahí no está la chicha.
Lo que haría muy difícil sospechar de que la Casa del Rey es un espacio fértil al tráfico de influencias, a la comisión por tal o cual importación y al conflicto entre intereses de Estado y de familia (Familia, en este caso) son precisamente las cuentas privadas: el patrimonio de cada uno de sus miembros, los regalos recibidos de dictadores y empresarios (ya sean regalos al rey o al Estado para uso del rey, como algunos coches de lujo), las acciones en empresas, los carguetes en fundaciones, patronatos y ONGs que en algunos casos serán excelentes pero que en algún otro pueden llegar a ser un Instituto Noós, por lo que convendría estar al tanto para evitar sospechas. Si yo dirigiese la Casa del Rey y pensara que no hay nada sucio esos son los datos que haría públicos.
Es evidente que la ciudadanía tiene derecho a saber qué se hace con su dinero, ¡faltaría más! La aberración es que todavía haya espacios de opacidad que permiten la clandestinidad de dinero público (y que, insisto, son Monarquía, Iglesia y Banca). Entre la opacidad más aberrante y la transparencia hay un trecho importante: un desglose presupuestario no es lo que permite controlar que no haya corrupción. Y precisamente la Monarquía es la institución en la que no existe ninguna frontera entre lo público y lo privado: el rey es inmune siempre, no sólo en el ejercicio de sus funciones porque se entiende que sus funciones coinciden exactamente con el conjunto de su vida; por esa identidad entre lo público y lo privado hemos pagado y cerrado las calles para las bodas de Felipe y Letizia, Elena y Jaime y, sí, Cristina e Iñaki retransmitidas por las televisiones públicas porque es un asunto de Estado esa ceremonia que en el resto de las familias es privada. Que no exista margen para la privacidad es algo tan inaceptable para un ciudadano moderno como lo es la propia monarquía: va en el pack.
Cada vez que hay una lista de Forbes o de cualquier otra cosa de ricos en la que Juan Carlos sale muy bien posicionado la Casa del Rey lo desmiente. Cada vez que un libro denuncia corruptelas, la Casa del Rey anuncia una querella (que nunca pone). El verdadero desmentido de lo sospechable es que tengamos todos los datos. Si es que hay algo que desmentir.
http://blogs.tercerainformacion.es/iiirepublica/2011/12/13/la-chicha-de-las-cuentas-de-su-majestad/

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