jueves, 21 de julio de 2011

¿Se puede "atacar" a alguien con espuma de afeitar?

ESPUMA PARA EL MAGNATE Y MANGANTE

Un espontáneo, que pudo acceder a la sala del parlamento británico en el que se desarrollaba la declaración de Rupert Murdoch (y su hijo), sobre las escuchas ilegales mantenidas por el imperio mediático de magnate, arrojó sobre este un plato de plástico repleto de espuma de afeitar, siendo detenido de inmediato, además de abofeteado por una secretaria del australiano, a la que se supone premiarán por su gesto.

Las estaciones de TV, radio y los titulares de prensa del mundo, hablan de “ataque” para definir el acto de protesta con el que el ciudadano obsequió a este empresario, con el que colaboraban, violando las leyes más elementales británicas sobre el derecho a la intimidad, los más altos cargos de Scotland Yard, ministros, diputados y otra gente “noble”.

Cuando un gobierno permite que ese tipo de funcionarios, a quienes se protege y “comprende” (aunque hayan dimitido por su responsabilidad en el caso de las escuchas ilegales), cometan tropelías de ese tipo y que Sean Hoare, el periodista que lo denunció haya sido asesinado, se debe admitir que no hay democracia, que la corrupción es generalizada, que los crímenes de estado se apadrinan, que la Mafia es la que gobierna en el reino de Isabel II, que Cameron es como Tony Blair y que la democracia se sostiene gracias al delito continuado de sus políticos.

SEAN HOARE: ASESINADO POR MURDOCH

El teatro en el que se desarrollaba la obra “Murdoch no sabía nada” parecía un colegio en el que el alumno, un niño de ochenta y tantos años, pero con tantos millones como personajes comprados para delinquir, afirmaba que “no sabía nada”, para rematar la jugada pronunciando una de esas frases dignas de sus diarios: “He recibido hoy la lección de humildad más grande de mi vida”.

Los asistentes iban a llorar de emoción, cuando el ciudadano anónimo que se había colado en la sala, derramó la espuma en el rostro del millonario.

¿Atacar? ¿Quien ha sido el agresor? Nunca ese bendito joven con la espuma en el plato. Dice la academia: “Atacar: Acometer, embestir con ánimo de causar daño“. No creo que una embestida espumosa cause mal a nadie.

 Los auténticos delincuentes son más bien ese bastardo empresario, las autoridades policiales, los parlamentarios y el régimen que han violado la intimidad de cientos de familias.

Aplaudo el gesto del anónimo “espumador”, comprendiendo su rabia contenida y lamentando que los espectadores se escandalicen por la caricia suave de la crema arrojada al rostro de ese criminal llamado Murdoch. Así nos va.

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